Celos infantiles

Celos infantiles: ¿qué hacer?

Son muchas las familias que acuden a consulta solicitando ayuda ante los celos que manifiestan los hijos. Frecuentemente los conflictos entre hermanos son interpretados por los padres como reflejo de celos entre ellos, aunque no siempre el patrón de conducta responde a este esquema. No obstante, en los casos en los que los padres responden ante la riña como si el motivo fuera ese, estos episodios son identificados y descritos por los progenitores como:

  • Uno de los hermanos provoca al otro física o verbalmente (le “chincha”).
  • Se producen peleas entre ellos por acaparar un juego o algo que desean al mismo tiempo.
  • Rechazan prestar algo propio, tanto espontáneamente como a petición de otro miembro de la familia.
  • Informan con todo detalle a sus padres de algo que el otro está haciendo con la “esperanza” de que sea castigado (“se chiva”).
  • Mienten abiertamente acerca de sus hermanos, transmitiendo una imagen negativa de ellos.
  • Se producen entre ellos agresiones físicas y/o verbales impredecibles.

¿A quién queréis más?

Si bien estas conductas pueden ser en sí mismas fácilmente interpretables como representativas de los celos entre hermanos, no hay que olvidar que este hecho refleja en la mayoría de ocasiones no la competitividad hacia el hermano o hermana, sino la ocasión para los hijos de intentar comprobar “a quién prefiere mi padre o mi madre”, por lo que la intervención de los padres en ese tipo de conflictos aumenta la probabilidad de que se repitan.

El pensamiento de los hijos en estas situaciones está anclado en:

  • Creer que la pelea puede ser una oportunidad para que uno de los padres castigue al otro hermano, lo que confirmaría la suposición de que “me quieren más a mí”.
  • Si ese castigo no se da, entonces la creencia pasa a ser: “Volveré a intentarlo con mayor énfasis y la próxima vez le castigarán” (igual a pensar: “me preferirán a mí”).
  • Si el hecho final es que ambos reciben consecuencias negativas, esto aboca asimismo a un nuevo intento para conseguir ganar la batalla y demostrar que solo el otro debe ser castigado, por lo que habrá que esperar un nuevo episodio de conflicto próximamente.
  • Si el que inició la pelea es el finalmente castigado, confirmará su errónea idea de que sus padres quieren más a su/s hermano/s y por tanto éste merece toda provocación o agresión que inicie sobre él. Y no solo eso, sino que puede aprender a emplear la provocación conscientemente como un “castigo” hacia el padre o la madre “por no quererme”.

Así pues, cualquier respuesta de los padres a la provocación reafirma el comportamiento y aumenta la conducta disfuncional.

Ante esto, ¿qué hacer?

Podemos actuar por acción o por omisión, y ello puede depender de si los conflictos se están iniciando o de si, por el contrario, ya son habituales en la relación fraternal y en la dinámica familiar.

  • Por descontado, no toleraremos ninguna agresión física o verbal, como no lo haríamos con ninguna otra persona o en ninguna otra situación, pero hemos de intentar percibir separadamente la conducta y el vínculo: una conducta agresiva siempre ha de ser detenida en cualquier circunstancia, no solo entre hermanos o familiares, por lo que la norma transmitida será “no se agrede en ninguna circunstancia” en lugar de “no se agrede a tu hermano”.
  • Si las conductas de competencia entre hermanos se empiezan a atisbar recientemente, evitaremos intervenir, ofreciendo margen para que ellos resuelvan sus conflictos o diferencias sin asociarlos con la aparición de uno de los progenitores.
  • Si las conductas reflejan riesgo manifiesto para la integridad física o psicológica, procederemos a separar a los individuos en conflicto, dirigiendo a cada uno de ellos a una estancia distinta y evitando verbalizar nada relativo al contenido de la pelea, sino al cumplimiento de la norma ya conocida, aplicando una consecuencia proporcional e inmediata.
  • Si el conflicto no tiene visos de ser “peligroso” pero los contrincantes entran en una escalada que anticipamos molesta para el resto de la familia (recordemos que no vamos a intervenir), podemos realizar una petición paradójica: dejaremos todo lo que estemos haciendo, prestaremos toda nuestra atención a la riña (insistimos: sin intervenir) y pediremos, por turnos, que verbalicen o hagan lo que ya sabemos que dirían o harían en ese caso (“ahora es cuando tú le dices a tu hermano que…”, “ahora es cuando tú te tienes que enfadar”, “ahora es cuando tú…”), sin sarcasmo y con toda la sinceridad de que podemos hacer gala, y en todas y cada una de las ocasiones en que el conflicto suceda. Los implicados mostrarán su enojo o sorpresa, con mayor o menor énfasis, ante lo que nosotros actuaremos sin cambios en la respuesta que estamos dando. De esta manera, contribuimos a desproveer a las conductas disfuncionales de toda su finalidad y el objetivo de la riña se disipa paulatinamente.

Si decidimos introducir dichos cambios, es muy importante poner en práctica estas prescripciones de forma sistemática y constante. En caso contrario, si en alguna ocasión volvemos a hacer lo que solíamos (intervenir, regañar, solicitar que se pidan perdón…), los enfrentados comprobarán que tarde o temprano los padres vuelven a intervenir y ellos pueden volver a entrar en el juego de “a quién quieres más”: con ello, la familia volverá a entrar en la situación de tensión ya tan sobradamente conocida y temida.

 

 

 

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